El viento elevaba con elegancia la otoñal hoja de un árbol ya desplumado, venido abajo, llorando ríos de hojas por un nuevo sol, una nube que le socorra.
Allí me encontraba, con la mirada seria y acromática, supe reír y llorar miles de colores, pero en el lago de los grises, ningún suspiro, ni el cantar de los días, logró desprenderme una lágrima, una emoción, un oleaje en el mar de gracia. Nada volvería a ser como antes.
Sin aviso ni razón alguna, siento en el pecho el resurgir de los sabores, el inconfundible dolor de felicidad, la comprensión de un ideal, tan fuerte y claro que no entraba en mi simple y pequeño cuerpo, trataba de expandirse, quería salir y contagiar a todos, no podía entender como caminé tan ciego en aquellos días, tan desolado. La concepción de la felicidad era tan simple y tan hermosa, que no podía sencillamente ser cierta. Mi mente explotó en mil fragmentos y se mantenía firme a la vez, reía y lloraba, me generaba repulsión, angustia, me sentía como un estúpido, y a la vez, quería gritarlo, bailar, danzarle a la vida, finalmente, mi cuerpo lo pudo expulsar en lagrimas de mil colores, tiñendo el mar de la soledad, para nunca volver a ser lo que era, marcando un antes y un después.
La lagrima de la felicidad eterna, el llanto del amor.
MattMara
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