Sentado en el borde de la cama, mirando hacia el piso y con las manos sobre la frente, sabía que lo que le acababa de pasar, era el comienzo del fin de la razón.
Aquel mismo día en el trabajo, en una ráfaga de pensamientos, recordó como en su infancia sufría de un retardo en el tiempo, no era un detenimiento del espacio-tiempo, sino que su cerebro registraba lo que sucedía a su alrededor y se lo reproducía de un modo tranquilo y pausado, lentamente, para que pueda registrar cada pequeño detalle del momento.
Su interior se separaba en dos, la parte racional, que sabía que la visión retardada era un efecto irreal, ilusorio, y él, único espectador de tal suceso. Y en la parte alterada, que no podía evitar que esto ocurriese y que actuaba de igual forma. Mientras, sabía que el tiempo corría igual que siempre, con su velocidad constante y todo se movía de forma habitual, él hablaba y se movía como siempre lo hizo, pero en su interior lo apreciaba como todo su alrededor, en cámara lenta, hablando y moviéndose pesadamente.
Es lo contrario a lo que pasa cuando uno se excede con la cafeína. Llegas a encontrar todo acelerado, te moves rápido, pensas rápido, hablas rápido y hasta querés correr, pero en tu interior sabes que todo el mundo sigue girando igual que siempre, a la misma frecuencia, solo que tu ser se encuentra en un estado extasiado y propenso a avanzar lo más rápido posible.
Y ahí se encontraba, entre el borde de la locura y la razón, sentado en la cama. Había comprendido que su cerebro le estaba jugando una mala pasada, como en la infancia, donde no podía contarle a nadie lo que le sucedía, porque no sabía ni cómo explicarlo. Allí, solo, esperando poder comprender su estado, se dio cuenta que no podía confiar ni en su propio cerebro. Sus sentidos, captaban sucesos reales que su cerebro los transformaba a voluntad azarosa, pudiendo ser verdaderos o ficticios. Sus pensamientos, se basaban en realidades inexistentes, realidades inventadas o no, ya no era capaz de diferenciarlos, pero para su ser, para su persona, su universo, eran verdad.
Pudo sentir como la locura lo abrazaba lentamente para ser su compañera por el resto de sus días, pero advertía que no había motivo alguno para alarmarse, su realidad podía seguir siendo válida. Comprendió que no sufriría de locura, sino que la disfrutaría a cada momento, así es como se acercó a su anotador, nuevo y fiel compañero, y comenzó a escribir:
“Sentado en el borde de la cama, mirando hacia el piso y con las manos sobre la frente, sabía que lo que le acababa de pasar, era el comienzo del fin de la razón.…”
MattMara
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